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Hijo, no te dediques a la ingeniería, está muy mal pagada

Los padres tenemos esa debilidad por nuestros hijos, aquélla que nos conduce irremediablemente a tutelar cada uno de los pasos claves que damos en nuestras vidas. Uno de esos peldaños es el de escoger la especialidad de los estudios que a la larga servirán de sustento económico para el resto de sus actividades. El papá de Adrian Newey no fue una excepción para esta regla y tiempo atrás le regaló la frase que da título a esta entrada: “hijo, no te dediques a la ingeniería, está muy mal pagada”.

Actualmente el ingeniero aeronáutico Adrian Newey comanda la escudería austríaca Red Bull de Fórmula Uno con un sueldo anual de ocho cifras. Sus dos últimos campeonatos del mundo no son precisamente el gran colofón a una gran trayectoria profesional, ni mucho menos, no es más que la tónica habitual cada vez que recoge una escudería para auparla hasta ser dominante asombrando a propios y extraños. March, Wiliams o McLaren conocen perfectamente esta peculiar faceta suya, cuando sus éxitos fueron irrefutables. Ayrton Senna o Alain Prost entre otros muchos pilotos disfrutaron tanto de sus ingenios como ahora lo está haciendo Sebastian Vettel. Parece difícil que el binomio Fernando Alonso & Adrian Newey tenga lugar en la Fórmula Uno a pesar de los constantes intentos de Montezemolo de hacerse con sus inestimables servicios y secretos. Uno de esos secretos data del siglo XIX, precisamente ingeniado por un físico italiano, Giovanni Battista Venturi, cuando enunció su principio de la siguiente forma: “un fluido en movimiento dentro de un conducto cerrado disminuye su presión al aumentar la velocidad después de pasar por una zona de sección menor”, que viene a decir en pocas palabras que el aire coge más velocidad cuando atraviesa un conducto más estrecho. Vaya si la coge, y si alguien no me cree que se fije en el espejo retrovisor del RB7 de Vettel a partir de la décima vuelta de cualquier Gran Premio, tan limpio de bólidos como el horizonte que tiene por delante. Nada por delante, nada por detrás: ¿magia? No, el ingenio de un ingeniero aplicando el efecto Venturi del XIX a un coche del siglo XXI.

Newey es un genio porque supo combinar presente, pasado y futuro de la aeronáutica sobre un mismo vehículo. Me acaban de regalar una BlackBerry Bold 9900, salvando las distancias, como Newey, que nunca abandonó el lápiz y papel por un ordenador para sus diseños maestros, soy un enamorado de un buen teclado físico “Qwerty” a la antigua usanza. Al ver la nueva Bold con una disposición dual de pantalla táctil y teclado físico en atractiva simetría, incluso para los más exigentes del diseño en movilidad, me sentí desde el primer instante verdaderamente cómodo a sus mandos. En su parte superior, una pantalla capacitiva de 640×480 pixeles de una resolución más que notable para solventar la interacción táctil del siglo XXI, más abajo, un teclado físico donde cada tecla en más grande que la de su Bold predecesora, donde la mecánica del tacto al pulsar cada tecla se ha cuidado al mínimo detalle produciendo la sensación de estar ante el teclado de un buen ordenador de sobremesa. ¿Una pantalla quizá reducida en relación con los dispositivos de una sola cara capacitiva? No más pequeña que la superficie del volante de uno de los ingenios de Adrian Newey donde se gestiona al tacto y a 300 Km/h una carísima obra maestra de la ingeniería, colocando cada aplicación, chivato o funcionalidad en su posición adecuada de manera que hagan de la personal experiencia de pilotaje una delicia para aquellos que disfrutan conduciendo, en mi caso y con mi nueva Bold, gestionando mi vida personal y profesional a la antigua y a la nueva usanza de manera natural.

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